SOBRE MI

Conóceme un poco

SOBRE MI

¿Quién soy?

De pequeña devoraba los libros de Los Cinco y Los Siete Secretos de Enid Blyton. De mayor, he sabido que era una mujer dada a la bebida, de carácter vengativo, mala madre, que se enrolló con la niñera de sus hijas y por lo visto, con simpatías por los nazis. También de mayor me he preguntado qué hacían todos esos niños y preadolescentes solos, tan autosuficientes, apenas controlados por padres, tíos o tutores, corriendo aventuras y metiéndose en líos de los que ni un adulto saldría con bien. Como niña me causaban una absoluta envida. Como adulta y, posteriormente, madre, un absoluto pavor. Pasé por Mujercitas, de Louisa May Alcott, que de leerse hay que leer a la edad que toca, es decir, con trece o catorce años porque unos personajes femeninos tan perfectos, a edades posteriores, producen urticaria. Sin embargo, El Fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, me hizo reír y me hizo casi llorar de pena por el pobre fantasma de Sir Simon, que pintaba manchas de sangre de color verde en la alfombra porque se le había acabado el color rojo. Tuve también mi etapa Julio Verne, que se quedó en eso, una etapa, porque nunca he tenido la tentación de releer nada de este autor. Como tampoco se me ocurriría releer Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, muy bien catalogada como una de las mejores novelas del género del Sinsentido. Porque para mí nunca lo ha tenido.

Me gustan las novelas históricas, especialmente si hay griegos, romanos o egipcios de por medio. Aunque en este caso son películas, sigo llorando el desenlace de Gladiator y apenada por el temprano y oscuro final de Alejandro Magno. Prefiero un buen thriller a un ensayo; una novela de ciencia ficción a una bélica (segunda guerra mundial y exterminio judío completamente prohibido en mis estanterías, me supera); una novela de misterio a una de terror… Aunque leí bastante de Stephen King en otra época de mi vida. El Cazador de Sueños sigue produciéndome una extraña desazón. Mucha más que It.

No tengo autores favoritos, pero sí más de un libro del mismo autor. Tampoco tengo libros favoritos. Solo libros que me han gustado y otros que me han decepcionado. No soy de esas personas que tienen un libro preferido y se lo releen cada cierto tiempo, como si fuera su biblia y se saben pasajes enteros de memoria. No, yo necesito literatura nueva, la que todavía no me ha sorprendido, aburrido o entusiasmado, y que pase cierto tiempo, uno bastante largo, para volver a un libro antiguo. Raramente dejo uno sin terminar; pero si no me engancha, pueden pasar meses entre que lo retomo y lo dejo y lo vuelvo a retomar. Si me gusta, me dura un par de días. Lo devoro.

Si tuviera que confesar adicción por una saga, me confesaría adicta a Harry Potter. Sí, lo sé, una mujer de mi edad… Que queréis que os diga, todos tenemos nuestros pequeños desvaríos. No soy la excepción que confirma la regla. Leí el primero libro cuando se lo regalaron a mi hija mayor por un cumpleaños, más que nada, por curiosidad. Me leí los dos últimos en inglés porque no podía esperar a que salieran en español. En fin… Y hablando de esperas, el día que Patrick Rothfuss logre terminar el último libro de la trilogía, seré una mujer feliz.

Porque todo hombre sabio no debe temer tres cosas, sino cuatro: la tormenta en el mar, la noche sin luna, la ira de un hombre amable y la impaciencia de un lector ávido de un final que no llega.

Mi vena escritora apareció algo más tarde que la lectora. Puede que, inevitablemente, una llevara a la otra. ¿Os ha pasado nunca que os gusta oler el papel, el aroma a libro nuevo — (¡aunque fueran los del colegio, tan brillantes, tan bonitos, con las páginas impolutas todavía sin dobleces ni rayones—, o la madera de los lápices? ¿Que os hacía más ilusión una libreta nueva, con sus páginas vírgenes, sus cuadritos inmaculados o sus rayas vacías, y sus correspondientes bolígrafos Bic, azul para escribir, rojo para corregir, que un juego nuevo? Porque una libreta nueva y vacía era un mundo infinito de posibilidades todavía por descubrir. Hoy en día, una hoja de Word vacía es mucho más deprimente, más fría y más antipática que una libreta con las hojas limpias. Mucho más crispante, estresante incluso. Las libretas de antes tenían su encanto. Podías tocarlas, olerlas, escribirlas con tu letra, buena o mala, pero tuya. El maravilloso Word escribe igual para todos, nos aliena y nos deshumaniza un poco. ¡Pero escribes más de prisa y tiene corrector ortográfico! Ventajas de la inefable tecnología.

Volviendo a mi vena escritora… Imaginación nunca me ha faltado, y facilidad para redactar siempre he tenido, así que en el colegio, las redacciones se me daban bastante bien. Más adelante, en mi vida adulta, cartas comerciales, informes o folletos fluían con las misma sencillez. Pero hacerlos era aburrido de cojones. Tienes facilidad para los textos, me dijo una vez un jefe que tuve, como si le sorprendiera. Como si me gustara escribirlos, pensé yo. Sin embargo, de algo hay que vivir, ¿verdad? Y no siempre es haciendo lo que a una le gustaría. Durante mi adolescencia fui bastante prolífica, nada publicable, por supuesto. Historias sobre personajes de mis series favoritas y otras inventadas, escritas con esa letra pequeñita y apretada que tenía por aquel entonces. Todavía las guardo. De vez en cuando, las descubro en alguna limpieza de armario y pienso en darlas como alimento a alguna hoguera de San Juan. Pero después me siento nostálgica y las vuelvo a guardar.

Después, pasó la vida. Me casé, tuve hijos, un trabajo a tiempo completo y preocupaciones varias, inherentes a todo lo anterior. Y, en algún punto de todo esto, surgió Cromlech, como un escape, un intento de eludir la triste rutina. Sin embargo, la rutina ganó otra vez y Cromlech estuvo abandonado muchos años, unos diez, más o menos. Confieso que, cuando lo retomé, no recordaba ni la mitad de lo que tenía en la cabeza cuando surgió la idea. Así que lo reinventé, basándome en lo que tenía escrito, apuntes de ideas y personajes que puede recuperar. Y nació el primer libro de la trilogía. Cromlech – La Pedra Gentil. Y digo trilogía, porque esa es la idea. Aunque puede que algún hombre sabio acabe temiéndome… Amo escribir y amo los libros. Porque los libros son páginas, capítulos, párrafos, frases, palabras y letras. Y, las letras, me gusta escribirlas de noche, cuando impera ese silencio limpio y tranquilo, liberador, que desata la imaginación y encadena las palabras. Porque las letras de medianoche siempre son mágicas.

 

Lídia